MASCARILLAS

Gracias a Isabel Díaz Ayuso, que le ha quitado a Sánchez el chocolate de la boca, podremos respirar mejor.

                Mientras un grupo de ministras hacía el gilipollas en la cabecera de una de las manifestaciones antimasculinas –el feminismo es otra cosa-, una mujer se adelantaba a los acontecimientos y suprimía la obligación de llevar mascarillas en los locales cerrados. Las ministras habían ensayado grititos, y jugaban al “apuchí y apuchá” mientras entonaban tonterías. En Barcelona, al grito de “No a la Violencia”, dos grupos de manifestantes se liaban a piñas. En Madrid, un cámara y el periodista Javier Negre fueron agredidos. Y ellas con el “apuchí y apuchá”. En verdad, que los españoles hemos hecho muchas bobadas, pero no nos merecemos lo que tenemos. Eso sí, Madrid ha vuelto a dibujar la totalidad de los rostros.

               Llevamos dos años viéndonos por la mitad. A mí me perjudica el fin de la obligación de llevar mascarillas. Según el ochenta por ciento –dato científicamente demostrado-, de las mujeres que me han conocido durante el Covid,  aseguran que lo más atractivo de mi rostro es la expresión de mis ojos, pequeños pero verdes como un prado norteño. Y ahora, cuando vean el resto de mi cara, se van a llevar un disgusto. Tengo la boca un poco torcida por una operación, y la zona baja de mi rostro no puede competir con la alta. Ha llegado el momento de la verdad. La mascarilla, por otra parte, ocultaba la nariz, y la mía es bastante más larga que  la media de narices, lo cual también me inoportuna. Pero todos los males que pueden rodearme a mí, no los puedo convertir en obsesiones coperniquianas. El gran Copérnico...

 

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