Bono

Conozco a Bono y no me he llevado mal con él. Es difícil, porque Bono acostumbra a no entrar en polémicas.

           Conozco a Bono y no me he llevado mal con él. Es difícil, porque Bono acostumbra a no entrar en polémicas. Tuve con Bono enfrentamientos fuertes y desagradables cuando montó aquella campaña vil contra Loyola del Palacio, una de las mujeres más inteligentes y honestas de nuestra reciente historia política. Y siendo Ministro de Defensa del Gobierno de Zapatero –dato a no olvidar-, me permití el lujo de llamarle “desleal” y “mentiroso”  cuando cesó de manera fulminante a un General ejemplar, el General Mena, que cometió –según Bono-, un grave acto de indisciplina. El grave acto de indisciplina no fue otro que leer unos artículos de la Constitución Española de 1978 referentes a los deberes, derechos y obligaciones de las Fuerzas Armadas en situaciones de extrema gravedad contra la unidad de España. Bono ha sido de todo en el PSOE, y ahora descansa. Se ha manifestado en diferentes ocasiones escandalizado por las atroces gamberradas del Gobierno de Sánchez, de sus socios de Podemos y de sus pactos con separatistas y terroristas para aprobar los Presupuestos a cambio de humillaciones históricas del Estado de Derecho. Ha hablado como muchos otros socialistas de sensibilidad socialdemócrata, pero al igual que el resto, no ha devuelto el carné militante. Si sus palabras responden a sus sentimientos y sinceridades, tanto él como Felipe González, como Alfonso Guerra, como Javier Solana, como Juan Carlos Rodríguez-Ibarra y otros muchos socialistas de ayer, tendría que haber roto el carné de este PSOE nuevo, tan cercano ochenta años más tarde, al socialismo exterminador del criminal Largo Caballero.

             Pero es listo y avispado, y a él se debe la definición más sintética y aguda de lo que es  Podemos. “Un Partido al servicio de un matrimonio”.  De esa manera, define a los militantes y dirigentes de Podemos de clamorosos genuflexos, y les recuerda su condición de sirvientes de “un matrimonio”, refiriéndose a Pablo Iglesias a Irene Montero, que ignoro si forman un matrimonio, una pareja de hecho, una fuerte amistad, un gozo compartido de cama o como quiera ser llamado. Pero se ha equivocado de letra, iniciando con una “M” el sitio que estaba reservado a una “P”. Porque Podemos es eso. Un partido al servicio de una pareja de resentidos y de su Patrimonio, no de su Matrimonio. Un Patrimonio caudaloso y sobrado, que los desgarramantas cuidan, defienden, justifican y aplauden.

         Lo más espectacular que ha hecho Iglesias desde que fue nombrado por Su Sanchidad vicepresidente del Gobierno, ha sido el cambio de la coleta por el moño. Cuando se atusa y arregla su cabello – no siempre limpio-, antes de comparecer ante los medios de comunicación,  demuestra una agilidad y soltura casi femenina para acoplar su peinado y su ingenio moñudo a la cumbre de la nuca. Me recuerda a una escena de una película francesa en la que una bellísima Miléne Demongeot se movía con similar flexibilidad, y pasaba del pelo largo al coqueto moñito en apenas cinco segundos. Ahora, el Gobierno de España, que no sabe qué hacer con el dinero que le sobra, ha contratado a una maquilladora para que los gobernantes se presenten maquillados y bien peinados ante la prensa para responder a las preguntas de los periodistas de los medios autorizados a formular cuestiones, que no son todos. Porque ella, la supuestamente “matrimoniada” con Iglesias, y sí segura “patrimoniada”, es más dejada en las apariencias, y sin poner en duda su atractivo personal, lo tiene al modo de recién levantada. Con la maquilladora oficial, sus necedades encadenadas resultarán, a partir de ahora, más asumibles por la estética.

“¿ Con qué te lavas la cara/ que tan  adorable estás?/ -Me lavo con agua clara/ y Dios pone lo demás”. Lástima que no sea creyente.

            Pero retomo la frase de José Bono. “Un partido al servicio de un matrimonio”. Los ha clavado. Ha señalado como sumisos, ridículos y acuclillados a todos los militantes y dirigentes de Podemos. Pero insisto en el juego de las letras. Al servicio de un matrimonio, no. De un Patrimonio sí, formen o no formen un matrimonio.

         Publicado en La Gaceta de la Iberosfera el 17/01/2021

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